La taza llena y humeante de la que se desprende ese aroma a esencia dulce, a casa de abuelos, a mantel a cuadros azul con blanco y a café con leche. Bebes despacio para no quemarte. Partes con cuidado, para para evitar que se desmigaje, un pan bañado en vapor y deslizas sobre él un trozo suave que lo torna húmedo y brillante. Lo sumerges en la leche y aparecen las mismas redondelas doradas de siempre. Lo llevas a la boca oprimiéndolo entre la lengua y el paladar para extraer cada gota dulce con sabor a mantequilla.
Escuchas lejana la música, que a esas horas parece pedir permiso para no despertar a los trasnochadores. Miras a través del pequeño marco cuadrado por el que penetra la tímida luz mañanera que no se atreve a entrar del todo por no romper el encanto de éste, el único instante tuyo.
Te inquieta que el tejado de la casa de al lado hoy no esté dibujado de palomas. Te tranqulizan los sonidos con el eco que la noche olvidó y sientes la voz de abuela que ha recogido un huevo recién puesto para tí.
Todavía con la magia en los poros, te miras al espejo y te repasas el peinado, siempre hacia atrás y que te da aire de hombre serio, como dice abuela.
Mientras bebes el último sorbo de la taza te despabilas y miras a tu derecha, ella responderá que sí acepta ser tu mujer. Ahora viene tu turno, tragas el último pan con mantequilla y aclaras la voz, dirás que también aceptas. Intentas, de nuevo, preservar en el recuerdo este ritual de las siete en punto.
A lo mejor es el último.
Escuchas lejana la música, que a esas horas parece pedir permiso para no despertar a los trasnochadores. Miras a través del pequeño marco cuadrado por el que penetra la tímida luz mañanera que no se atreve a entrar del todo por no romper el encanto de éste, el único instante tuyo.
Te inquieta que el tejado de la casa de al lado hoy no esté dibujado de palomas. Te tranqulizan los sonidos con el eco que la noche olvidó y sientes la voz de abuela que ha recogido un huevo recién puesto para tí.
Todavía con la magia en los poros, te miras al espejo y te repasas el peinado, siempre hacia atrás y que te da aire de hombre serio, como dice abuela.
Mientras bebes el último sorbo de la taza te despabilas y miras a tu derecha, ella responderá que sí acepta ser tu mujer. Ahora viene tu turno, tragas el último pan con mantequilla y aclaras la voz, dirás que también aceptas. Intentas, de nuevo, preservar en el recuerdo este ritual de las siete en punto.
A lo mejor es el último.