Nunca se sabe cuando sin tener respuestas se camina por una ruta diferente sin pensar siquiera en que “si un día”, cualquier día, habrá alguna interferencia. Al contrario, la única respuesta posible es que es imposible, que no hay motivo ni posible punto de conversación.
Nunca se sabe. Y un día en un arranque talvez de locura y de la nada, aquel de quien no se sabía se aparece, hace un cruce en el camino y sin más trámite porque no hace falta un ¿cómo estás? o ¿cómo te ha ido? sin rencores ni sentimientos encontrados se inicia un diálogo confiable como si para el hoy ese ayer fuera el siguiente día.
Y el diálogo es cercano, de recorridos comunes, de palabras compartidas sin lugares comunes en el que se dicen ciertas cosas no porque haya que decirlas sino que salen sin afán, sin intención, sin ánimo de reclamo.
Nunca se sabe el por qué pero no hay rabias ni resentimientos a pesar del sufrimiento y en ese encuentro se deja constancia de lo que fue importante: se compartieron todas las verdades, complicidades y certezas, no hubo nada oculto, las dudas no existieron, la palabra siempre fue clara y la mirada transparente, el compartir fue pleno de espacios, instancias, momentos, sin trabas, todo abierto, sin secretos y eso lo dice cada uno y es lo que se rescata en ese diálogo porque en ese cruce de caminos es lo primero que deja marca.
Nunca se sabe si esas cosas pasan a diario, si suceden dos veces y cuando se sabe que se puede hablar desde la confianza y es posible hablar desde uno mismo ¡qué sereno es el momento! porque le deja al corazón tranquilo, a la razón le dice no pienses que no hace falta.
Nunca se sabe...pero sin proponérselo un día se le puede decir gracias al camino porque aunque se bifurque nuevamente, éste se cruzó en el momento preciso.