A la hora de la sobremesa, una vez más se sintió el alboroto de cuando ella subía por la calle. De chaqueta amplia y falda larga descoloridas, sombrero de ala ancha y un largo pañuelo rojo que le aleteaba en el cuello. Su figura menuda y saltarina se apoyaba en un bastón, el que de rato en rato blandía para alejar a los que salían a su paso. Los labios pintados de rojo intenso como las mejillas, que distraían las miradas del rostro cubierto de polvo blanco. Era una mezcla de niña traviesa y anciana cansada.
Corrían tras ella gentes de todas las edades. Las vecinas entreabrían las puertas y sus rostros adustos repetían una frase, ya viene "la torera”; más de alguna se paró al frente mirándola con desenfado.
Ana, una vez más, sintió miedo. Su madre, de suave y pausada voz, le dijo:
- No temas. También yo desde niña la vi pasar igual que ahora; nunca he sabido su nombre, su edad, ni a donde va o de donde viene. Es solo una anciana solitaria. Anda, mírala por la ventana, sonríele y que tu sonrisa le acompañe.
Al momento que sacaba Ana su cabeza hacia afuera, dos ojos oscuros, grandes, tristes se hincaron en los suyos. No supo qué hacer y una sensación extraña le impidió hablar mientras dos lágrimas rodaban por sus mejillas.
De repente, a los cinco años y aunque rodeada de una gran familia, empezó a sentirse sola, infinitamente sola, con una soledad que todavía está presente. Aún ahora, después de tanto, recuerda esa tarde y siente las mismas ganas de llorar.
Al crecer más empezó a salir a la calle y un día, ya pudo seguirla, por el barrio, sin pedir permiso; luego el barrio creció y se hizo ciudad y Ana siempre atrás, a su mismo ritmo sin hablar, sin preguntar.
Subían por calles angostas y empinadas, y cuando estaban a punto de pisar una nube, la calle curvaba bruscamente y empezaba el descenso, casi a la carrera; la anciana daba saltitos rápidos y Ana a empellones, tratando de no caerse en los adoquines y evitando tropezarse con los que salían al encuentro.
Era feliz corriendo tras ella. A veces tenía que frenar bruscamente para no enredarse en la falda negra, que volaba hacia atrás; otras debía acelerar el paso porque la anciana casi flotaba, sobretodo cuando se acercaban a las nubes.
Hasta ahora le acompaña el viento que silva entre los muros, entre los techos de las casas y entre los árboles de los patios, al ritmo del agua que se siente correr y al de la risas de mujeres que lavan tras ellos.
En esas andanzas aprendió a caminar en silencio, ignorando a los que se cruzaban; aprendió a seguir pegada a los adoquines para no saltar a las nubes; aprendió para que lado debía curvar en las esquinas y así no repetirse las mismas calles todos los días.
Una de las pocas tardes en las que estuvieron solas, la anciana se dio la vuelta y con dulzura y sonriente le prestó el bastón a Ana. Le enseñó a moverlo y estuvieron practicando hasta que el cielo se tornó rosado y las montañas se perfilaron. Muchas tardes parecidas le pasó el madero de mango redondo, para que ensayara cada movimiento..
Le enseñó a reconocer las miradas y a hablar con los ojos. En esta ciudad la gente miraba a los ojos, burlona, triste, alegre, rabiosa, sincera. No era necesario usar muchas palabras para decir las cosas. Le gustaba a Ana encontrar miradas cómplices, las había muchas.
Con ella, Ana entendió los gestos. Las cabezas de las mujeres y hombres mayores que se inclinaban levemente para saludar; las cejas de muchos expresando aprobación o enfado; las muecas de desagrado de las mujeres en las puertas de las casas; las sonrisas temerosas de los niños pequeños; las mejillas sonrosadas de los adolescentes que se besaban en las esquinas y las narices levantadas y de mirada huidiza de las que salían de las Iglesias.
En ese tiempo Ana se olvidó de la soledad. El recorrer calles no daba tiempo para soledades.
Una mañana, cuando los pájaros saludaban y el sol sin calentar todavía empezaba a proyectar sombras largas desde atrás de las montañas, ella la miró triste; otra vez sus ojos se encontraron, y al mismo tiempo a ambas les brotaron lágrimas. Las de ella se quedaron quietas y las de Ana no dejaban de correr por sus mejillas, mojándole el pelo que le caía sobre el pecho. La mirada de la anciana se vació en la suya. Otra vez, y ahora sí con ímpetu, la soledad la inundó. Sus ojos oscuros se elevaron hacia el sol y vio como la anciana se elevó hacia las nubes, dejando a Ana en medio de esa ciudad, llena de pájaros bulliciosos, que todavía no despertaba.
Cruza ahora la calle con chaqueta ancha de otros tiempos, la falda larga y descolorida que se mueve con el viento. La bufanda roja trata de amarrarla al cuello para que no se enrede con el bastón que ahora tiene el mango más dócil.
Cuando sale el sol se pinta los labios, se pone polvo de arroz en la cara y sonroja sus mejillas con el mismo color de la boca. Sus botines tienen el taco gastado de tanto frenar en las calles que bajan de las nubes. Las medias negras tienen un punto corrido pero lo disimula al caminar como si diera saltos.
En la cartera negra, Ana, lleva las cartas que llevaba ella, y ha guardado otras que algún loco enamorado que se las deja en la noche, cuando la luna aun no sale.
Todavía mientras mueve el bastón para alejar a los impertinentes, recorre gestos y miradas, sonrisas y muecas. Ansiosamente busca en las ventanas la mirada de una niña de cinco años, que acompañada de su madre, un día vea pasar a una flor disfrazada de zorzal. Quiere enseñarle los secretos para ahuyentar la soledad.