un par de días antes del regreso compartimos el día; la ilusión de estar juntos, de conversar de cosas simples y otras no tanto, de ver como preparas un encebollado de atún y un arroz con calamares.
Nos sentamos a la mesa, me cuentas tus planes, te miro sereno y tranquilo como has sido siempre, y me produces más ternura que otras veces; me emociona saber como crees en la existencia, en el seguir haciendo el camino, en la vida en pareja a tus ochenta y un años.
Me encanta como se disfruta la tranquilidad y el silencio, el olor a tierra, el rumor de las ramas de esos nuestros árboles erguidos de tantos años.
Cosechamos limones, los tuyos sesenta y a mi me toca completar los trescientos noventa mientras tu recoges la acelga; ciento quince higos pongo en el canasto, los dos últimos al momento en que empieza el aguacero y corro para proponerte tomar, mientras llueve, algo caliente.
Nos sentamos a la mesa, me cuentas tus planes, te miro sereno y tranquilo como has sido siempre, y me produces más ternura que otras veces; me emociona saber como crees en la existencia, en el seguir haciendo el camino, en la vida en pareja a tus ochenta y un años.
Me encanta como se disfruta la tranquilidad y el silencio, el olor a tierra, el rumor de las ramas de esos nuestros árboles erguidos de tantos años.
Cosechamos limones, los tuyos sesenta y a mi me toca completar los trescientos noventa mientras tu recoges la acelga; ciento quince higos pongo en el canasto, los dos últimos al momento en que empieza el aguacero y corro para proponerte tomar, mientras llueve, algo caliente.
Y nos sentamos en el banco con el jarro de agua de cedrón en la mano y vemos llover tras los vidrios y te pregunto por los pájaros ¿te acuerdas del jilguero y del gorrión?. Es que ya no sabes de ellos porque ni tu ni ella vienen tanto como antes y tampoco la pila está con agua, los pájaros ya no tienen donde bañarse.
Recorro la casa de siempre con los ojos que tratan de evitar las lágrimas; una vez más quiero retener cada detalle, cada espacio, todos los árboles y las plantas; me quedo con el trino de algún pájaro sobre el nogal, con el aire ligeramente tibio y el color del cielo de la tarde que ya casi se va.
Le recogemos a ella, a mi madre, que nos espera. Me emociona verla contenta de su tarde de campo y de tu llegada, para ya juntos emprender la vuelta a Quito, igual como cada día desde hace cincuenta años emprenden la vida y vamos por la subida de Guápulo ... al llegar a casa sacamos los limones, los higos, la acelga y me traigo a estas lejanas tierras esa alegría tan básica, tan intensa y vital, tan tuya y de ella, como el olor de la lluvia en la tierra.
Recorro la casa de siempre con los ojos que tratan de evitar las lágrimas; una vez más quiero retener cada detalle, cada espacio, todos los árboles y las plantas; me quedo con el trino de algún pájaro sobre el nogal, con el aire ligeramente tibio y el color del cielo de la tarde que ya casi se va.
Le recogemos a ella, a mi madre, que nos espera. Me emociona verla contenta de su tarde de campo y de tu llegada, para ya juntos emprender la vuelta a Quito, igual como cada día desde hace cincuenta años emprenden la vida y vamos por la subida de Guápulo ... al llegar a casa sacamos los limones, los higos, la acelga y me traigo a estas lejanas tierras esa alegría tan básica, tan intensa y vital, tan tuya y de ella, como el olor de la lluvia en la tierra.