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Marzo 31. No puedo precisar la hora; en el muelle no hay gente y hace días que no me sirve el reloj.
Me arreglo el gorro, me protejo las orejas. En el horizonte se esbozan sombras de barcos que se alejan. Siempre quise trabajar en uno, pero mi pierna inútil me lo impidió.
Miro hacia atrás, un hombre se acerca; su figura joven se contrapone con el rostro pálido y envejecido y cojea de la pierna derecha . Cuando estamos frente a frente siento algo así como un metal helado que recorre mi espalda, intento hablarle pero siento su mirada fría e intensa que no me deja.
En el horizonte, ya no se distinguen los barcos y el sol se oculta dejando una estela luminosa dorada.
Enfrento al hombre y me veo a mi mismo, enjuto y frío. Hoy es el último día, sumo la vida, los amores y también los sinsabores. Es el momento de hacer presente este, el último recuerdo.
Caminamos al infinito el hombre y yo, fundidos en un rayo de sol.
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Enfrento al hombre y me veo a mi mismo, enjuto y frío. Ahora comprendo que el salto desde el muelle fue fatal; ahora sólo queda recoger este último recuerdo.
Marchamos al infinito, el hombre y yo, fundidos con el último rayo de sol.