viernes, 30 de mayo de 2008

ciudad


hace dos días que camino por mi ciudad, despúes de poco más de un año, la de mi historia y mis raíces, en la que se pronuncia el idioma con todas las letras y sin aspaviento; la que mezcla las calles de adoquín con el pavimento.

La de la lluvia como diluvio que termina en una esquina para que brille el sol en la siguiente y donde el frío de altura, de dosmil ochocientos veinte metros ecuatoriales, lo tenía olvidado porque siempre me recibió con sus vestidos primaverales.

Hace dos días que siento a ésta mi ciudad, la de los cielos que empiezan donde terminan las calles que suben y que parece que se fueran a descolgar en las nubes; la que conserva lo colonial junto con lo nuevo.

No es aquella en la que vivo ya tantos años que suman más de los que vivi en ésta, esa que es como propia y que conozco tan bien. No, esta es la de mis amores más básicos, mis sentires históricos.

Ésta, la que se despierta exactamente a las seis de la mañana y oscurece con exactitud a las seis de la tarde, sin saber de estaciones ni calendarios y que al medio día no conoce de sombras por su habitar en la mitad del mundo y que sin escándalo se adorna de lomas, montañas y eternos nevados.

Un poco más de un año no es tanto, pero talvez siempre se sienta como tiempo largo.