- Llévame contigo, me dijo.
- En el sur nunca he visto jaibas de tu tipo y las que hay, tienen afinidad con la cocina, es decir, generalmente terminan con una buena sazón. Es verdad, eres diferente, no te parecerás a ellas cuando grande, pero por las dudas, no es conveniente.
- Quiero conocer el mundo, insistió.
- La arena no es fina y blanca como ésta, las aguas son heladas, por eso del tal Humboldt, tu ya sabes, la corriente...además ¿dónde se ha visto una jaiba en avión?
Y tuve que explicarle sobre los aviones y las nubes, sobre la larga cordillera que cruza el continente de norte a sur y decirle lo que es la geografía. Incluso asegurarle que se molestaría con el acento, la entonación. No, pero ella insistía mirándome con ojitos de súplica, con su mejor expresión intransigente de jaibita adolecente.
Caminamos por la playa y ambas esgrimimos todo tipo de argumentos; a ella no le ponía contenta eso de correr todo el día por la arena buscando su agujero después que las olas la arrastraban y menos cuando los niños querían en un balde encerrarla.
Algunas veces tuvo inconvenientes con los cangrejos ermitaños cuando en la huida se encaramaba a sus casas. Es que soñaba con ser uno de ellos y crecer mudándose de caracol en caracol. Y por último, tenía miedo de los pájaros que se lanzaban en picada cuando llegaba la canoa del pescador.
Cuando se dio cuenta que me alejaba de la playa para volver a casa su expresión cambió y rápidamente mi pidió que le bajara. La arena seca quemaba pero no le importó, la cercanía de la geografía urbana, dijo y entonces tras una mirada rápida y un beso al vuelo, la pequeña jaiba saltó...se confundió con el color de la arena, ni una sola huella de ella quedó.