Los cumpleaños invitan a regalarse, no a esperar regalos. invitan a pensar en nosotros mismos, en qué hemos hecho y en qué queremos estar.
Así, hace tres años, luego de pensar y compartir con mis hijas, tres años más atrás, una idea que me rondaba y que se convertía en deseo y propósito, me regalé un pasaje a Quito y el 10 de marzo del 2013 llegué a esta ciudad después de casi 32 años en Santiago, años muy intensos, vitales, llenos de cariños y gente entrañable, de crecimiento, alegrías, tristezas, aprendizajes...en fin, esa historia mis cercanos, que son quienes importan, la conocen.
Como siempre digo, una vez que te fuiste te convertiste en migrante y al volver lo sigues siendo, inevitablemente. Ahora, acá sigo paso a paso tratando de entender a este país, a su gente (mi gente), la capacidad de asombro me alegro de tenerla intacta, aunque duela, genere contradicciones, rabias, impotencia ante muchas cosas; pero también intacta para seguir sorprendiéndome con tanto color que nos rodea, tanta maravilla cotidiana en el entorno, tantas cosas que hay por hacer, corregir y tanto por decir.
Entre el primero y segundo años con la cámara colgada del cuello, con el lente listo y su incesante y alucinante clic, recorrí calles, plazas, celebraciones, comparsas, procesiones, paisajes, me mezclé entre la gente, me hicieron limpias, bebí del mismo vaso de todos puntas, aguardientes, comí y probé delicias. Pude aprender más y escribir, sobre cosas grandes, importantes como son la identidad, tradición, diversidad, manifestaciones culturales. Hacía mucho que no había disfrutado tanto.
Ese año tan intenso me hace sentir profundamente afortunada por haber podido compartir no sólo la algarabía de tanta gente que festejaba y expresaba su identidad, sus tradiciones, sino también la tristeza por como ellas se pierden, se tergiversan. Esa maravillosa posibilidad de registrar la vida se terminó hace justo un año y por eso no escribí nada sobre ese segundo año. Había pena al comprobar una vez más que en este país la cultura no importa...así como otras cosas fundamentales que cada vez importan menos.
Ahora, en este tercer año recorro Quito diariamente desde el centro-norte hacia el sur, hasta la altura de Chillogallo. Entre ida y vuelta son como 2 horas y media de viaje diarias, de respirar las partículas que botan los buses en humaredas, de mirar el hollín alojado en las paredes de algunos sectores del trayecto; pero también son un espacio para día a día sorprenderse y emocionarse con esta ciudad llena de contrastes, de postales indescriptibles junto a realidades tristes, dolorosas, profundas. Colmada de postales que una junto a otra muestran rincones cambiantes por efecto de la luz y que de un día a otro lucen diferentes; habitada por personas que no sonríen, que viajan en los buses o en el trole como cargando la vida con dificultad, gentes que suben cuestas inclinadas hacia adelante o que bajan casi dando saltitos por el declive; de cuestas con graderíos que parecen que llegan hacia el cielo azul-intenso y que tientan a bajarse a la calle para subirlos en busca de algún otro rinconcito que emocione, alguno de esos que tienen un algo que llega adentro y conmueve.
Esto, sin embargo, no quiere decir que no ronden las nostalgias, morriñas, saudades. Es imposible, es inevitable. Tampoco quiere decir que la familia, las amigas y los amigos que se quedaron en el sur del mundo o los que están en otros sitios no sigan ocupando ese lugar importante, potente, grande en el corazón. No quiere decir que no me importe que mis dos soles estén en lugares lejanos. Tampoco quiere decir que todo está ya en su lugar, al contrario, todo sigue acomodándose y seguirá así, porque no me interesa convertirme en una persona anclada a las rutinas por los siglos de los siglos amen....
Ahora estoy aquí y seguiré aquí...pero nadie dice que algún día, algún lejano día, no me de por volar a otros confines.