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sábado, 3 de noviembre de 2012

vidas que te cambian la vida



así se planta la semilla, originally uploaded by dibufoto.
Carmen Julia, mujer de manglar, recolectora de concha
así se planta la semilla 

para el sol un sombrero, originally uploaded by dibufoto.
para el sol un sombrero

Tres días bastaron, tres días de conocer desde sus propias voces, voces de mujeres del manglar. Las historias de sus vidas, las cotidianas que empiezan cuando la densa noche aun no sabe que será día, a las cuatro, hora en que se cruzan las aves de trasnoche con los pájaros madrugadores.

Tres días de compartir soledades de mujeres que se adentran en canoa en lo profundo del manglar, junto a otras mujeres que también van con hijos para pescar, recolectar conchas, sacar cangrejos, asegurar el sustento familiar.

Tres jornadas de escuchar la crudeza de sus vidas con los dolores que causaron los machetazos en el cuerpo, asestados por el que decía llamarse compañero, frente a la fuerza de la resiliencia para surcar de nuevo los manglares, organizar a otra mujeres que, si bien no estuvieron a punto de morir con el machete, corren el riesgo de morir de hambre cuando las camaroneras destruyen su hábitat y aniquilan el ecosistema manglar.

Fueron tres jornadas de aprendizaje, de mirar con respeto profundo sus manos de mar, sus rostros llenos de vida de costa, de escuchar sí era válido que los hijos sigan el camino del manglar o el de otro oficio (o ambas cosas) e incluso, una profesión. De sentir esa fuerza interior guardada en cuerpos menudos y de aspecto frágil, en su mayoría, en este espacio de conocimiento e intercambio en el que hacían un alto en la recolección de la concha.

Han transcurrido ya más de tres años que caminé, junto a ellas, sobre el terreno pantanoso en el que nos enseñaron como reforestar el manglar, mientras introducíamos en ese terreno pantanoso la pequeña estaca-semilla de mangle.

Entonces, la narración iba a ser larga, cargada de detalles, pero las tres noches con las mujeres de manglar fueron algo más que un insignificante escrito de blog que nunca llegó, porque se convirtió en profundas reflexiones y decisiones nacidas en el límite entre el antes y el después de toda una vida, vida que parecía invitada a quedarse en el país del sur del mundo donde los afectos a veces pueden ser fríos, casuales y hasta lejanos, pero también cálidos con una calidez parecida a la del centro de la tierra, con risas y alegría como la de la mujer del manglar, como la de los niños y hombres de las serranías, páramos y selva, la de los que estuvieron siempre en esas tierras y que resuenan en las ciudades andinas mestizas cargadas de sincretismos y que muchas veces ocultan historias negadas, acalladas y de lenguas que, por su vitalidad, han sabido convivir y le han heredado palabras al idioma traído de España.

Las decisiones nacidas entonces están en marcha y el que hay que partir de cero es una certeza. La noción de lo que vendrá, de un nuevo comienzo, es un esbozo que se circunscribe a las paredes de un lugar aún vacío que espera llamarse casa. El qué hacer es lo más incierto cuando se sabe que el trabajo es escaso. 

Los plazos se acortan y ahora suman sólo múltiplos de tres días.

El corazón está ya en otro lugar y aunque a ratos acechan los temores, el plan sigue fiel a ese después que partió con las risas de las mujeres del manglar.


Mangle (Rhizophora mangle) es un arbusto tropical que crece en el agua salina. Al bosque de mangles se le llama manglar, y se constituye en sí mismo en un ecosistema, el ecosistema manglar

sábado, 10 de octubre de 2009

espera


originally uploaded by dibufoto / F..

¿qué sentirá cuando la mano de ella lo acaricia desde afuera?

¿cómo le llegarán su voz, los sonidos y la música?

¿será que un día, si olvida esas caricias y sonidos, su hablar corre el riesgo de ser como el de los grandes y su mirar el de perder la transparencia del cielo?

¿es ese un inevitable sino?





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domingo, 4 de octubre de 2009

lunes, 18 de mayo de 2009

nada, es feliz


Carmen, originally uploaded by dibufoto.


cuando a Laura le preguntaban "¿qué es tu mamá", refiriéndose a qué hace su madre, ella respondía "nada, es feliz".

La de manos mágicas que tranforman cuanto tocan, la que sabe de lo simple y lo sencillo, de mirada serena, gesto tranquilo y con esa sabiduría que viene de la vida y que no está en los libros, es mi hermana, la madre de Laura.




miércoles, 29 de abril de 2009

laura azul

Laura azul, originally uploaded by dibufoto.

antes de salir al escenario juega con el traje, para más tarde, la Laura azul flotar al ritmo del baile...

jueves, 20 de noviembre de 2008

pasos de hoy


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mis pasos ya no son tan firmes como ayer, hoy siento los pies cansados.

Miro al frente y a lo lejos sin pensar en mañanas.

Aunque el andar no sea el mismo cuando me veo en el reflejo de la vida, percibo las intensas líneas que me cruzan el rostro, siento la piel distinta y hago inventarios de mil días y entonces sé que lo que vale es el hoy. Es por eso que vivo el día.

Veo al frente, a lo lejos. Tan solo eso y sigo...

jueves, 7 de agosto de 2008

cuando la vida

cuando la vida camina por la calle tiene diferentes rostros, da pasos distintos, lleva edades diversas, se viste de muchas formas, lleva otros ritmos y sin embargo anda por los mismos espacios.



por la calle, originally uploaded by dibufoto.






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en domingo, originally uploaded by dibufoto.





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sábado, 22 de marzo de 2008

la torera


A la hora de la sobremesa, una vez más se sintió el alboroto de cuando ella subía por la calle. De chaqueta amplia y falda larga descoloridas, sombrero de ala ancha y un largo pañuelo rojo que le aleteaba en el cuello. Su figura menuda y saltarina se apoyaba en un bastón, el que de rato en rato blandía para alejar a los que salían a su paso. Los labios pintados de rojo intenso como las mejillas, que distraían las miradas del rostro cubierto de polvo blanco. Era una mezcla de niña traviesa y anciana cansada.


Corrían tras ella gentes de todas las edades. Las vecinas entreabrían las puertas y sus rostros adustos repetían una frase, ya viene "la torera”; más de alguna se paró al frente mirándola con desenfado.

Ana, una vez más, sintió miedo. Su madre, de suave y pausada voz, le dijo:

- No temas. También yo desde niña la vi pasar igual que ahora; nunca he sabido su nombre, su edad, ni a donde va o de donde viene. Es solo una anciana solitaria. Anda, mírala por la ventana, sonríele y que tu sonrisa le acompañe.

Al momento que sacaba Ana su cabeza hacia afuera, dos ojos oscuros, grandes, tristes se hincaron en los suyos. No supo qué hacer y una sensación extraña le impidió hablar mientras dos lágrimas rodaban por sus mejillas.

De repente, a los cinco años y aunque rodeada de una gran familia, empezó a sentirse sola, infinitamente sola, con una soledad que todavía está presente. Aún ahora, después de tanto, recuerda esa tarde y siente las mismas ganas de llorar.

Al crecer más empezó a salir a la calle y un día, ya pudo seguirla, por el barrio, sin pedir permiso; luego el barrio creció y se hizo ciudad y Ana siempre atrás, a su mismo ritmo sin hablar, sin preguntar.

Subían por calles angostas y empinadas, y cuando estaban a punto de pisar una nube, la calle curvaba bruscamente y empezaba el descenso, casi a la carrera; la anciana daba saltitos rápidos y Ana a empellones, tratando de no caerse en los adoquines y evitando tropezarse con los que salían al encuentro.

Era feliz corriendo tras ella. A veces tenía que frenar bruscamente para no enredarse en la falda negra, que volaba hacia atrás; otras debía acelerar el paso porque la anciana casi flotaba, sobretodo cuando se acercaban a las nubes.

Hasta ahora le acompaña el viento que silva entre los muros, entre los techos de las casas y entre los árboles de los patios, al ritmo del agua que se siente correr y al de la risas de mujeres que lavan tras ellos.

En esas andanzas aprendió a caminar en silencio, ignorando a los que se cruzaban; aprendió a seguir pegada a los adoquines para no saltar a las nubes; aprendió para que lado debía curvar en las esquinas y así no repetirse las mismas calles todos los días.

Una de las pocas tardes en las que estuvieron solas, la anciana se dio la vuelta y con dulzura y sonriente le prestó el bastón a Ana. Le enseñó a moverlo y estuvieron practicando hasta que el cielo se tornó rosado y las montañas se perfilaron. Muchas tardes parecidas le pasó el madero de mango redondo, para que ensayara cada movimiento..

Le enseñó a reconocer las miradas y a hablar con los ojos. En esta ciudad la gente miraba a los ojos, burlona, triste, alegre, rabiosa, sincera. No era necesario usar muchas palabras para decir las cosas. Le gustaba a Ana encontrar miradas cómplices, las había muchas.


Con ella, Ana entendió los gestos. Las cabezas de las mujeres y hombres mayores que se inclinaban levemente para saludar; las cejas de muchos expresando aprobación o enfado; las muecas de desagrado de las mujeres en las puertas de las casas; las sonrisas temerosas de los niños pequeños; las mejillas sonrosadas de los adolescentes que se besaban en las esquinas y las narices levantadas y de mirada huidiza de las que salían de las Iglesias.

En ese tiempo Ana se olvidó de la soledad. El recorrer calles no daba tiempo para soledades.

Una mañana, cuando los pájaros saludaban y el sol sin calentar todavía empezaba a proyectar sombras largas desde atrás de las montañas, ella la miró triste; otra vez sus ojos se encontraron, y al mismo tiempo a ambas les brotaron lágrimas. Las de ella se quedaron quietas y las de Ana no dejaban de correr por sus mejillas, mojándole el pelo que le caía sobre el pecho. La mirada de la anciana se vació en la suya. Otra vez, y ahora sí con ímpetu, la soledad la inundó. Sus ojos oscuros se elevaron hacia el sol y vio como la anciana se elevó hacia las nubes, dejando a Ana en medio de esa ciudad, llena de pájaros bulliciosos, que todavía no despertaba.

Cruza ahora la calle con chaqueta ancha de otros tiempos, la falda larga y descolorida que se mueve con el viento. La bufanda roja trata de amarrarla al cuello para que no se enrede con el bastón que ahora tiene el mango más dócil.

Cuando sale el sol se pinta los labios, se pone polvo de arroz en la cara y sonroja sus mejillas con el mismo color de la boca. Sus botines tienen el taco gastado de tanto frenar en las calles que bajan de las nubes. Las medias negras tienen un punto corrido pero lo disimula al caminar como si diera saltos.

En la cartera negra, Ana, lleva las cartas que llevaba ella, y ha guardado otras que algún loco enamorado que se las deja en la noche, cuando la luna aun no sale.

Todavía mientras mueve el bastón para alejar a los impertinentes, recorre gestos y miradas, sonrisas y muecas. Ansiosamente busca en las ventanas la mirada de una niña de cinco años, que acompañada de su madre, un día vea pasar a una flor disfrazada de zorzal. Quiere enseñarle los secretos para ahuyentar la soledad.

domingo, 16 de marzo de 2008

gritos ahogados

Cuando Ana escucha gritar a una mujer el corazón y el estómago se le aprietan y a veces siente miedo, ese miedo que nunca sintió, que no conocía antes de entonces. Si sorprende a un hombre hablándole mal a una mujer en la calle detiene su andar y lo mira fijamente, incluso con enojo, eso cree porque cuando se percatan de su mirada se quedan en silencio o le ven con rabia.

Es que algo quedó en Ana, que se aviva aun después de haberlo sacado. Y no depende de ella, sólo que se le vienen todos los gritos y descalificaciones que recibió y el golpe que le lastimó. Regresa a ella también la sensación de muchas veces haber gritado para tratar de que no siguiera y también las veces que con los puños apretados pero sin fuerzas, impotente, trató de acallarlo, hasta que aprendió que no había que hablar, que era mejor aparentar se mansa y sorda.

Pero sobretodo, lo que más le duele a Ana es la impotencia frente a esos pequeños seres que oían los gritos cuando dormían y recuerda todas las horas que acarició sus cabecitas y les llenó de besos en sueños como tratando de suavizar lo que habían sentido y que ausentes a los llantos contenidos o los ojos hinchados un día le preguntaron "´¿mamá, por qué nunca te ríes?.

Pero no, esas rabias callejeras no le duran mucho, cada vez menos, lo suficiente como para que el agresor lo perciba. Porque es agresor no sólo el que golpea, sino el que grita sin parar y sin razón, el que decide por ambos sin consultar, el que intimida con amenazas, el que descalifica, el que insulta cobardemente, el que usa el arma de la plata para controlar, el que quiere seguir interviniendo en la vida de Ana, su víctima, en las de tantas Anas que no quieren producir lástima, que no quiere que les digan "pobre", pero que saben bien de lo que hablan los que se dicen expertos y que talvez no lo vivieron o que también fueron agresores...y no importa cuanto tiempo pase, dice Ana, se perdona pero no se puede olvidar...no se olvida.

Y todo eso vuelve a ella a veces, como cuando sonó por primera vez esta canción y no pudo seguir oyéndola y recién al tercer intento voluntario y respirando hondo pudo escucharla completa, pero aun así al oirla no puede evitar que se le apriete el estómago y que los ojos se le humedezcan.




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viernes, 14 de marzo de 2008

piedras de río

Le gusta caminar descalza. Amina camina por las piedras con la misma suavidad que lo hace sobre la arena, como si las irregularidades y bordes de las más pequeñas no la tocaran, mientras el agua golpea con fuerza en las rocas más grandes.

Mira el cielo desprotegido sin nubes y la inmensidad del cañón en el que está metida no le sobrecoge como cuando era niña, todo le es indiferente esta tarde en el que muchos rostros se le aparecen, como proyectados en las rocas de los muros de piedra que le rodean. No siente, no piensa, sólo avanza sin perder esa expresión de niña perdida.

Tras un largo andar el azul ha dejado paso a la noche y el aullido lejano de los perros le produce un ligero estremecimiento pero no para. Ya no ve las piedras, ya no reconoce el camino que sigue el río, pero si escucha el golpe del agua más cercano e intenso y desea con ansiedad sentir el frío húmedo en su cuerpo, el abrazo de espuma, el ruido envolvente de la corriente y sin embargo no le llega aun cuando sus manos ahora tocan las rocas, las piedras ayudándoles a sus pies a seguir. Por momentos las rodillas sirven de sostén para la marcha.

No quiere ver más el cielo azul, no le interesan las nubes ni el verde circundante, se siente cómoda en lo oscuro y aunque ya no siente sus pies por tanta agua que han pisado no cesa en su intento por convertirse en sirena de agua dulce, en ausente permanente, en el recuerdo de algunos.

Por fin el agua le ha bañado y ahora es parte de ella, aunque Amina ya no la siente, no lo sabe...