martes, 12 de septiembre de 2017

Despedida del amigo, un pendiente

 Entre el duermevela y el desvelo desperté con la viva imagen de Jorge López Vidal, había soñado con él. 

Era una especie de plaza rodeada de tiendas y talleres y en uno de ellos me lo encontraba. Que pintaba el escenario para una obra, dijo. 

Caminamos hacia la barra de un bar y con un vaso de vino en la mano hablamos largamente de muchas cosas como pasa muy de vez en vez cuando alguien, como él, ya vive en otro plano. 

Hablamos de teatro, de los compromisos, de sus obras, del disco de Mederos que le presté y al partir a Baires me dejó con alguien en Santiago, de cuando le vi a Mederos tocando para la Varela ahí cerquita en la Trastienda, del saber tomar decisiones importantes y vitales como el dejarlo todo para empezar de nuevo, o como el partir a probar suerte a la tierra que se le llama propia, pero que con el pasar de los años es tan ajena como lo son sus habitantes. 

Me llamaba "muchacha", como siempre, mientras pedíamos otro vaso de vino. Regresamos al taller, me pasó las pinturas y me pidió que pintara algo sobre su proyecto de escenario de 50x70 horizontal. Impregné mis dedos de pintura verde caqui con amarillo cadmio y pensando para mis adentros que el cadmio oxida, pinté el pasto en la parte frontal de su escenario. 

Que estaba bien, dijo, mientras partía del sueño y yo volvía al desvelo. 

Creo que esa fue la despedida al amigo, esa que estaba pendiente.