Desde el día que se parte a otro destino para quedarte en él te conviertes en migrante y aunque se regrese al origen se sigue siendo migrante. A los códigos del país de nacimiento se suman otros, a las vivencias un cúmulo de nuevas, diversas, intensas y más aún si los años vividos en otro lugar superan en muchos los vividos en el país de origen.
Y al volver nada es lo mismo, por más que a quienes se quedaron les parezca que siguen siendo los mismos y que aunque te fuiste sigues siendo igual; la mayoría no se da cuenta de cuánto cambiaron y que los que nos fuimos aunque conservemos lo esencial somos otros-diferentes y que el estar de vuelta no vamos a volver a ser los mismos y que no somos ni mejores ni peores, simplemente somos convertidos en una suma de acentos, palabras, sonidos, gestos y gustos, sabores, historias propias y parte de otras historias y llevamos incluso tradiciones adquiridas que no sólo las conocemos, sino que también, junto a aquellas con las que crecimos, las sentimos propias.
Cambia la forma de mirar las cosas, cambian las prioridades y el sentido de la vida, cambia el sentido de las distancias y de los cariños muy cercanos y no tanto, porque hay afectos dispersos de los que pasaron por donde estabas y se hicieron parte de los cariños para luego marcharse a otros lugares, a veces muy lejanos. Esos son otros migrantes que saben, al igual que cada uno de los que nos hemos ido, que así como es posible vivir con toda la intensidad y todo lo que somos en un lugar es posible hacerlo en cualquier otro, no importa dónde, y que todos serán tus lugares, propios y al mismo tiempo ajenos, tan ajenos, incluso, como aquellos que una vez fueron propios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario