de la muerte del tirano sólo recuerda el ruido de la calle, gritos de festejo y de lamento, que a lo lejos traía la brisa de esa tarde de verano.
Pero lo que no olvida, ni su piel tampoco, es que junto a él en ese mismo instante, eran uno en la fiesta de los cuerpos y que entre ellos reinaba el amor.
Es el mejor recuerdo, y quién sabe si el mas feliz, que se puede tener de la muerte de un dictador.
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