a un corazón de rizos andaluces
el nuestro, es un amor antiguo
que pareciera haber estado siempre,
sin hazañas de conquista,
sin escándalos de seducción.
nuestro amor no es de palabras
ni de declaraciones,
en el no hay los te quiero,
ni tampoco los no me olvides.
en nuestro amor hay silencios
acompañados de tiernos susurros,
de abrazos que siempre fueron
de delicados besos y caricias dulces
nuestro amor no es corriente
pero si cotidiano
es transparente, es intenso
es vivo y presente
domingo, 16 de marzo de 2008
gritos ahogados
Cuando Ana escucha gritar a una mujer el corazón y el estómago se le aprietan y a veces siente miedo, ese miedo que nunca sintió, que no conocía antes de entonces. Si sorprende a un hombre hablándole mal a una mujer en la calle detiene su andar y lo mira fijamente, incluso con enojo, eso cree porque cuando se percatan de su mirada se quedan en silencio o le ven con rabia.
Es que algo quedó en Ana, que se aviva aun después de haberlo sacado. Y no depende de ella, sólo que se le vienen todos los gritos y descalificaciones que recibió y el golpe que le lastimó. Regresa a ella también la sensación de muchas veces haber gritado para tratar de que no siguiera y también las veces que con los puños apretados pero sin fuerzas, impotente, trató de acallarlo, hasta que aprendió que no había que hablar, que era mejor aparentar se mansa y sorda.
Pero sobretodo, lo que más le duele a Ana es la impotencia frente a esos pequeños seres que oían los gritos cuando dormían y recuerda todas las horas que acarició sus cabecitas y les llenó de besos en sueños como tratando de suavizar lo que habían sentido y que ausentes a los llantos contenidos o los ojos hinchados un día le preguntaron "´¿mamá, por qué nunca te ríes?.
Pero no, esas rabias callejeras no le duran mucho, cada vez menos, lo suficiente como para que el agresor lo perciba. Porque es agresor no sólo el que golpea, sino el que grita sin parar y sin razón, el que decide por ambos sin consultar, el que intimida con amenazas, el que descalifica, el que insulta cobardemente, el que usa el arma de la plata para controlar, el que quiere seguir interviniendo en la vida de Ana, su víctima, en las de tantas Anas que no quieren producir lástima, que no quiere que les digan "pobre", pero que saben bien de lo que hablan los que se dicen expertos y que talvez no lo vivieron o que también fueron agresores...y no importa cuanto tiempo pase, dice Ana, se perdona pero no se puede olvidar...no se olvida.
Y todo eso vuelve a ella a veces, como cuando sonó por primera vez esta canción y no pudo seguir oyéndola y recién al tercer intento voluntario y respirando hondo pudo escucharla completa, pero aun así al oirla no puede evitar que se le apriete el estómago y que los ojos se le humedezcan.
Es que algo quedó en Ana, que se aviva aun después de haberlo sacado. Y no depende de ella, sólo que se le vienen todos los gritos y descalificaciones que recibió y el golpe que le lastimó. Regresa a ella también la sensación de muchas veces haber gritado para tratar de que no siguiera y también las veces que con los puños apretados pero sin fuerzas, impotente, trató de acallarlo, hasta que aprendió que no había que hablar, que era mejor aparentar se mansa y sorda.
Pero sobretodo, lo que más le duele a Ana es la impotencia frente a esos pequeños seres que oían los gritos cuando dormían y recuerda todas las horas que acarició sus cabecitas y les llenó de besos en sueños como tratando de suavizar lo que habían sentido y que ausentes a los llantos contenidos o los ojos hinchados un día le preguntaron "´¿mamá, por qué nunca te ríes?.
Pero no, esas rabias callejeras no le duran mucho, cada vez menos, lo suficiente como para que el agresor lo perciba. Porque es agresor no sólo el que golpea, sino el que grita sin parar y sin razón, el que decide por ambos sin consultar, el que intimida con amenazas, el que descalifica, el que insulta cobardemente, el que usa el arma de la plata para controlar, el que quiere seguir interviniendo en la vida de Ana, su víctima, en las de tantas Anas que no quieren producir lástima, que no quiere que les digan "pobre", pero que saben bien de lo que hablan los que se dicen expertos y que talvez no lo vivieron o que también fueron agresores...y no importa cuanto tiempo pase, dice Ana, se perdona pero no se puede olvidar...no se olvida.
Y todo eso vuelve a ella a veces, como cuando sonó por primera vez esta canción y no pudo seguir oyéndola y recién al tercer intento voluntario y respirando hondo pudo escucharla completa, pero aun así al oirla no puede evitar que se le apriete el estómago y que los ojos se le humedezcan.
Para ver el video, con el botón derecho del mouse ir a "Abrir vínculo en una nueva ventana"
¿cien o mil?
uno
dos
tres
sigo contando hasta diez, respiro profundamente y ya llego a cien.
cuatro
cinco
seis
quiero pensar que no aprendí a contar mas allá de mil.
siete
ocho
nueve
diez veces diez mas cien veces mil suspiros cienmil.
cinco
siete
nueve
¿cuántas veces digo cien, cuántas tu dices mil?
tres
siete
diez
no nos ponemos de acuerdo ni en cien ni en mil.
dos
tres
sigo contando hasta diez, respiro profundamente y ya llego a cien.
cuatro
cinco
seis
quiero pensar que no aprendí a contar mas allá de mil.
siete
ocho
nueve
diez veces diez mas cien veces mil suspiros cienmil.
cinco
siete
nueve
¿cuántas veces digo cien, cuántas tu dices mil?
tres
siete
diez
no nos ponemos de acuerdo ni en cien ni en mil.
sábado, 15 de marzo de 2008
traida por emisario
Querido,
No te pregunto como estás porque sé que todo está bien para tí; también sé que nada te perturba ni te emociona y comprendo que tu capacidad de ser máquina sin tiempo, productor de emociones ajenas, relator de azañas lejanas ha logrado imponerse por sobre todo sentimiento.
Hoy sigo sola y mi corazón ya no se emociona como hasta ayer imaginando tus manos, mis labios ya no desean tu boca y mi alegría, esa que reclamabas no conocer se ha hecho presente y finalmente ha vuelto a ser mi compañera.
Esta mañana abrí los ojos y un rayo de sol me dio un beso. El árbol junto a la ventana parece cajita de música y sus habitantes saltan de rama en rama en un juego interminable. Los miro y me regocijo con ellos.
¿Que si fue bello lo nuestro? Escucho esa pregunta en tu voz aunque no la pronuncies. Talvez lo fue, no lo recuerdo, pero si escucho mi propia risa vacía mezclada con tus palabras siempre bien dichas, perfectamente pronunciadas como en cada uno de tus escritos. No, no creo que lo fue si es a la belleza de tu regocijo a la que te refieres, porque mientras yo reía tu tejías historias ajenas sin darte cuenta que con mi risa quería que tejiéramos juntos la nuestra. No, no lo fue aunque parezca bello el intento.
Te dejo esta carta como recuerdo y aunque mis palabras no alcanzan en profundidad a las tuyas sé bien que será parte de tu próximo cuento, será un pedacito de ese interminable texto que escribes a diario como cápítulos de tu aun no reconstruida vida.
Con ésta te dejo un beso, lo ves? es la manchita carmín del sobre que pusiste a un lado, la misma que al abrirlo pensaste que era una mancha dejada en un momento de descuido por el emisario.
Te beso
No te pregunto como estás porque sé que todo está bien para tí; también sé que nada te perturba ni te emociona y comprendo que tu capacidad de ser máquina sin tiempo, productor de emociones ajenas, relator de azañas lejanas ha logrado imponerse por sobre todo sentimiento.
Hoy sigo sola y mi corazón ya no se emociona como hasta ayer imaginando tus manos, mis labios ya no desean tu boca y mi alegría, esa que reclamabas no conocer se ha hecho presente y finalmente ha vuelto a ser mi compañera.
Esta mañana abrí los ojos y un rayo de sol me dio un beso. El árbol junto a la ventana parece cajita de música y sus habitantes saltan de rama en rama en un juego interminable. Los miro y me regocijo con ellos.
¿Que si fue bello lo nuestro? Escucho esa pregunta en tu voz aunque no la pronuncies. Talvez lo fue, no lo recuerdo, pero si escucho mi propia risa vacía mezclada con tus palabras siempre bien dichas, perfectamente pronunciadas como en cada uno de tus escritos. No, no creo que lo fue si es a la belleza de tu regocijo a la que te refieres, porque mientras yo reía tu tejías historias ajenas sin darte cuenta que con mi risa quería que tejiéramos juntos la nuestra. No, no lo fue aunque parezca bello el intento.
Te dejo esta carta como recuerdo y aunque mis palabras no alcanzan en profundidad a las tuyas sé bien que será parte de tu próximo cuento, será un pedacito de ese interminable texto que escribes a diario como cápítulos de tu aun no reconstruida vida.
Con ésta te dejo un beso, lo ves? es la manchita carmín del sobre que pusiste a un lado, la misma que al abrirlo pensaste que era una mancha dejada en un momento de descuido por el emisario.
Te beso
viernes, 14 de marzo de 2008
piedras de río
Le gusta caminar descalza. Amina camina por las piedras con la misma suavidad que lo hace sobre la arena, como si las irregularidades y bordes de las más pequeñas no la tocaran, mientras el agua golpea con fuerza en las rocas más grandes.
Mira el cielo desprotegido sin nubes y la inmensidad del cañón en el que está metida no le sobrecoge como cuando era niña, todo le es indiferente esta tarde en el que muchos rostros se le aparecen, como proyectados en las rocas de los muros de piedra que le rodean. No siente, no piensa, sólo avanza sin perder esa expresión de niña perdida.
Tras un largo andar el azul ha dejado paso a la noche y el aullido lejano de los perros le produce un ligero estremecimiento pero no para. Ya no ve las piedras, ya no reconoce el camino que sigue el río, pero si escucha el golpe del agua más cercano e intenso y desea con ansiedad sentir el frío húmedo en su cuerpo, el abrazo de espuma, el ruido envolvente de la corriente y sin embargo no le llega aun cuando sus manos ahora tocan las rocas, las piedras ayudándoles a sus pies a seguir. Por momentos las rodillas sirven de sostén para la marcha.
No quiere ver más el cielo azul, no le interesan las nubes ni el verde circundante, se siente cómoda en lo oscuro y aunque ya no siente sus pies por tanta agua que han pisado no cesa en su intento por convertirse en sirena de agua dulce, en ausente permanente, en el recuerdo de algunos.
Por fin el agua le ha bañado y ahora es parte de ella, aunque Amina ya no la siente, no lo sabe...
Mira el cielo desprotegido sin nubes y la inmensidad del cañón en el que está metida no le sobrecoge como cuando era niña, todo le es indiferente esta tarde en el que muchos rostros se le aparecen, como proyectados en las rocas de los muros de piedra que le rodean. No siente, no piensa, sólo avanza sin perder esa expresión de niña perdida.
Tras un largo andar el azul ha dejado paso a la noche y el aullido lejano de los perros le produce un ligero estremecimiento pero no para. Ya no ve las piedras, ya no reconoce el camino que sigue el río, pero si escucha el golpe del agua más cercano e intenso y desea con ansiedad sentir el frío húmedo en su cuerpo, el abrazo de espuma, el ruido envolvente de la corriente y sin embargo no le llega aun cuando sus manos ahora tocan las rocas, las piedras ayudándoles a sus pies a seguir. Por momentos las rodillas sirven de sostén para la marcha.
No quiere ver más el cielo azul, no le interesan las nubes ni el verde circundante, se siente cómoda en lo oscuro y aunque ya no siente sus pies por tanta agua que han pisado no cesa en su intento por convertirse en sirena de agua dulce, en ausente permanente, en el recuerdo de algunos.
Por fin el agua le ha bañado y ahora es parte de ella, aunque Amina ya no la siente, no lo sabe...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

