cuando los ceibos se quedan desnudos suelen hablar entre ellos; se cuentan historias de aves, de hadas y también de mariposas, asi se visten de palabras hasta tener un nuevo traje de hojas
Ceibo (Pseudobombax guayasense) especie endémica del bosque seco tropical de la costa ecuatoriana. De hoja caduca, pierde el follaje en la estación seca, época en que el fruto, con forma de cápsula que contiene semillas recubiertas por filamentos algodonosos, se abre. Se caracteriza por un abombamiento del tronco cerca de la base.
Nunca te vayas, dije, desde mi país de no me olvides. Vengo para quedarme, dijiste, desde tu país,
siempre presente en tu historia.
Los cariños son de toda la vida, dijiste. En la mía parecían serlo, antes de dejar atrás
la que que fue mi historia. No me conformaría si ya no estás, dijiste. No me conformaría si me marcho, dije. ¿Viste que el cielo es permanente? preguntaste.
A veces pienso que se esfuma, te respondí
¿Viste que el celeste es eterno? insististe A veces las nubes ocultan el infinito, pensé. No me iré, dijo tu mirada. Por vez primera, y sin ceguera, hice mía esa certeza.
en medio del camino y del bosque húmedo una construcción con inmensos pilares romanos rodeada por una gran terraza salpicada por figuras de yeso pintadas de dorado que junto al blanco de la casa y las columnas contrastaba con el verde tupido del entorno.
En la terraza varias mesas y un menú único: sancocho, pescado con arroz y ensalada y algún postre casero. Las pequeñas tenían hambre y la oferta era un banquete en medio del intenso calor y la humedad. No había otro lugar para comer y faltaba, todavía, mucho trecho por recorrer. Ibamos con ellas y su padre a recoger a su madre que estaba por trabajo en la zona.
El niño cruzó el camino en bicicleta. Se acercó cauteloso sin dejar de observar a las niñas a una prudente distancia mientras la más pequeña jugaba entre las figuras de yeso. Finalmente dijo:
La niña del pelo de oro sólo le miró e instintivamente su mano apretó un borde de la túnica de la mujer dorada, de la manera que sólo los niños sabe aferrarse a la falda de su madre. Nadie más dijo nada.
la vida, porque tiene vida, algunas veces se escribe bajo miradores que descansan en mangles bordados sobre muros que sostienen maderos por los que marchan retazos de historia
elmangle (Rhizophora mangle) es un arbusto tropical que crece en el agua salina. Al bosque de mangles se le llama manglar, y se constituye en sí mismo en un ecosistema, el ecosistema manglar
la sensación que queda es como cuando volvieron a rodar en la autopista, cada vez a mayor velocidad hacia la ciudad de las luces, y quizás se perdieron para siempre; aun cuando en tu viaje y en mi marcha nunca se cruzaron nuestras miradas, ni tan siquiera en el reflejo de los espejos...
con sus ochenta y algo recorridos piensa en el vacío de la ausencia. Ya no le quedan amigos, se han ido.
Cuando la vida se encarga de alejarlos mientras que alienta a otros, como él, a que sigan el camino, las soledades crecen en proporción a las tristezas que se acentúan o viceversa, en un tiempo que ya no importa la diferencia, o da lo mismo por ser lo mismo.
Y se aferra a la mano de su compañera, ella sigue, le sigue y el la sigue.
Y se obliga a que cada día tenga una rutina, un estímulo que le obliga.
Y sonríe al día porque ama la vida aunque sea ella la que se aleja de sus amigos. Y le agradece a ella por el sol que cada día traspasa el vidrio y medio lo festeja como si fuera su día, para en esa fiesta ahuyentar a la tristeza y mantener el recuerdo de los que se han ido que le acompañan en cada trazo, en la palabra, en el silencio de sus sonidos.
- hola, buenos días, saludó el hombre sentado en la van.
Le respondí de la misma manera y por un segundo sentí la cercanía de esa forma de saludo que me transportó a amigos queridos. Me senté junto a él y repetí el saludo sólo por gusto, al tiempo que miré su rostro atractivo y pensé no es chileno.
Tomó un gran maletín de cuero café, de ese cuero que invita a ser tocado, lo acomodó sobre sus rodillas y se alejó un poco hacia la ventana. Nadie habló hasta que la van se detuvo.
- ¿Dónde estamos?, pregunté. Quería oir su voz de acento del otro lado de la cordillera. Me explicó con precisión el lugar. Sonó uruguayo y sonreí internamente.
- ¿Eres argentino? pregunté a sabiendas de la respuesta y él aclaró su procedencia. Sonreí otra vez.
- Allí nacieron mis hijos, me contó cuando le dije que mi destino era Quito. En Chaupicruz, dijo, con una linda sonrisa.
El mismo vuelo hasta Lima. El tomó el avión hacia Caracas, para en pocos días más, pasar por Quito.
Hablamos de Santiago, que vivimos cerca, de perros, de barrios, de ciudades, de política y por último, inevitablemente, nos quedamos en Benedetti.
cuando a Laura le preguntaban "¿qué es tu mamá", refiriéndose a qué hace su madre, ella respondía "nada, es feliz".
La de manos mágicas que tranforman cuanto tocan, la que sabe de lo simple y lo sencillo, de mirada serena, gesto tranquilo y con esa sabiduría que viene de la vida y que no está en los libros, es mi hermana, la madre de Laura.
Un lugar pequeño lleno de mesas, dos faroles rojos con flecos dorados cuelgan del toldo sobre la puerta y la fila al interior, que la forman más de 20 personas, se extiende desde la puerta hasta una amplia ventana que mira desde la cocina al comedor.
Verduras salteadas solas, también albóndigas de carne o trozos de pollo salteados y acompañadas, siempre, con una porción de arroz, es el menú, o mejor dicho, lo que por estos lares es la colación. Si no se le hace un gesto al cocinero, de marcado acento peruano, para que no sirva más, es capaz de llenar el plato hasta que se rebase de arroz antes de servir una gran porción de verduras.
Ella, a un costado de la ventana que da a la cocina tras una especie de mesón alto, cobra y reparte recibos, mientras que a su lado uno de los ayudantes de la cocina, también peruano, sirve vasos de alguna bebida gaseosa.
El, solo mira desde una silla lateral y sonríe amablemente al saludar, mientras de fondo se escuchan sonidos suaves, algo tristes, sonidos diferentes.
Cada vez más seguido voy a comer a ese lugar, pequeño como los otros locales que están en la parte posterior de las torres de Carlos Antúnez y que refleja esa especie de pobreza oculta en medio de Providencia. Voy más seguido, aunque le hago el quite a tanto arroz. Afuera, el lugar no tiene nombre y nada de lujoso, es más bien limpio, de paredes blancas, que a la altura de un metro o un poco más, desde el suelo, están cubiertas de madera machihembrada barnizada al natural, lo que le da un aire más cálido. Arrimada a la pared derecha, mirando desde la puerta, hay una especie de banca, bastante alta, con cojines cubiertos por una tela roja desgastada. Las pocas mesas llevan manteles de tela algo descolorida sobre los que descansa un vidrio, las sillas son de metal. Es más bien pobre, pero algo tiene que atrae.
Ambos saludan con una leve inclinación de cabeza y con una sonrisa que invita. En general la gente no los mira. Los comensales, como la mayoría de comensales de este país, no miran a nadie, sólo al suelo o al frente sin fijar la mirada en nada, y menos a ellos, extranjeros que no hablan español. Los comensales únicamente se dirigen a la ventana de la cocina y toman una bandeja en la que han acomodado un plato, un vaso, y se acercan al mesón donde se sirve la comida.
Llegaron de China hace unos doce años, para no volver. Su único hijo es ingeniero y vive en Suecia, donde decidió hacer su vida. Ella habla un poco más de español pero hace cuentas en chino y de memoria, a la perfección, recibe el dinero y devuelve el cambio; pero él, si es que conoce diez palabras es mucho, lo sé bien.
Una tarde, el verano pasado, al regresar a casa pasé por fuera del local, aunque la vuelta es un poco más larga, a veces tomo ese camino para despejar la mente del trabajo. Él estaba en la puerta con una escoba y saludamos, le pedí enrollado primavera para llevar, antojada al ver al cocinero preparar, tras la ventana, una masa muy delgada sólo con huevo y harina, sobre una pequeña plancha circular. No era la primera vez y les había ofrecido a mis hijas llevarlos si pasaba por ahí. Escuchó mi pedido, volvió a sonreir con amabilidad y siguió barriendo, entonces insistí, me miró desconcertado, se acercó a una puerta lateral y casi a gritos llamó "señola, señola". Al instante salió ella, su mujer, el le dijo algo en chino y ella fue quien me atendió.
Cuando la fila está ordenada y ya se alarga por la acera y las mesas están todas llenas, él se acomoda en una silla, cerca del lugar donde su mujer cobra, con una delicadeza extrema toma el arco y pasa su mano suavemente, como si lo acariciara y luego lo tensa, entonces empieza a tocar el erhu 二胡, que casi siempre lo lleva entre sus manos.
El erhu es un pequeño instrumento con una caja de resonancia alargada llamada Qui tong 琴筒. El de él es de seis caras, pero los hay de ocho. La pared frontal del instrumento es de piel de serpiente, específicamente de pitón, Qin pi/She pi 琴皮/蛇皮, que es la que le otorga su sonido característico. A finales de los años 80 en la China se emitió una ley para la protección de la pitón. Hace pocos años, no más de cuatro o cinco, al hacerse inminente la necesidad de preservar esta especie es fundamental que cada erhu, confeccionado con piel de pitón, cuente con un certificado que indique que el reptil no fue cazado sino que proviene de una granja en la que se crían pitones.
De la caja nace un brazo vertical de madera, conocido también como mástil, cuenta con dos cuerdas y dos clavijas similares a las de un violín. El arco que se desliza sobre las cuerdas es de madera por el un lado y por el otro de fibra de crin de caballo, al igual que el del violín occidental o la viola, de ahí su pertenencia al grupo de instrumentos de cuerda frotada.
Para la elaboración de este instrumento utilizan maderas más bien pesadas y firmes. El de él es de tono rojizo, es decir, de Hong mu, 红木, que significa eso, madera roja. El erhu como tal existe hace más de mil años y, al parecer, tiene su origen en un tipo de laud de dos cuerdas, originario del Asia central que se expandió a través de la ruta de la seda.
Cuando vi por primera vez este instrumento aluciné, y como cada vez que me pasa eso con un instrumento, una melodía o un compositor, no paré hasta saber su nombre y sus características. Por un tiempo, pensé que era un gaohu. Un día que él no lo hizo sonar, por intentar ordenar a la la gran cantidad de gente que quería almorzar, le pregunté por su instrumento y como no entendió le dije, casi deletreando las palabras, "¿dónde está el gaohu?", casi no terminé de hablar cuando él movió la cabeza diciendo "no, no", con vehemencia, casi como si yo hubiera dicho algo grave, entonces corrió hacia el interior y volvió al instante con su instrumento, me lo mostró sonriente y dijo con voz clara y sonora "erhu", entonces supe que no investigué bien.
El erhu mide unos 80 centímetros y si se mira con atención el instrumento y el arco se los ve casi del mismo tamaño. Emite un sonido parecido al de un violín, pero más bien triste, un sonido que me transporta a 5 mil kilómetros de aquí, a mi adolescencia y a mi madre y no porque ella tenga algo que ver con la China, sino porque gracias a ella leí a Pearl S. Buck. Un día le pregunté por unos libros empastados en azul que los tenía junto a su cama, léelos, me dijo, te van a gustar. Por ellos pude conocer algo sobre la cultura china y sus costumbres. Tal vez son esos recuerdos los que hacen que el sonido del erhu me llegue y conmueva tanto.
Este instrumento forma parte de los que conforman la orquesta tradicional china y su sonido es más agudo que el del gaohu. De las dos cuerdas, la que queda cerca del cuerpo de quien lo toca se afina en Re, mientras que la cuerda exterior se afina en La, pero son tan cercanas que siempre se tocan al mismo tiempo.
El instrumento cuenta con una base, generalmente de metal, cuidadosamente pulida para que se lo pueda apoyar en la pierna, aunque a veces he visto que él lo toca de pie. Para tocar, se apoya esos sonidos de fondo, distintos, es la música que suena de fondo, música tradicional de la China que le sirve de acompañamiento. Cuando él hace sonar ese instrumento triste, cierra los ojos y sonríe. Cuando él toca el ehru dejo de comer, siento que mi corazón sonríe y me dejo llevar por su sonido.
El sonido agudo, algo metálico, de ese instrumento y lo que puede generar, es suficiente motivo para ir, cada vez más seguido, a ese pequeño lugar.
cuando es palabra, yo te hablo, tu dices, el es elocuente, nosotros nos contamos, ellos contradicen
cuando la ilusión conjuga, yo siento, no sientes, ¿ella siente?, nos sentimos, ellos también sienten
cuando la verdad conjuga, no miento, tu mientes, ella miente, nos mentiste, ellos...se mienten
cuando la ilusión es verbo, yo amo, tu...¿amas?, el y ella se amaron, nos amamos, ¿aman ellos?
cuando no hay palabras, no hablo, ¿te guardas en el silencio?, el piensa, mejor no opinamos, ellos callan
cuando se conjuga en presente el pasado ya no se siente
cuando es irregular el verbo es humano, yerra, cae, se levanta, a veces gana (no en riqueza), también pierde (se fortalece), busca y no siempre se encuentra y aunque quiere, de vez en cuando recupera lo que en la caida, por ser humano y porque es irregular -y a veces regular- lo perdió en el camino
cuando la ilusión se acompañaba de sueños, sin presagiar que iba a saber de engaños, en una tarde calurosa de esas en que parece que la vida se ha quedado en suspenso y sólo como juego porque había palabras que buscaban eco en algún espacio es que salí a jugar en este patio.
No había presagio de futuro, talvez una tarde o dos de juego y lo cierro, me dije, y dieciseís días después de transcurrido un año vuelvo al mismo patio, con silencios y pausas para salir a veces cuando el sol merodea y guardarme otras cuando el aguacero llega.
Y aquí sigo en el intento de armar el entorno de este mismo patio abierto al juego, ojalá que como hasta ahora, con otros que también valoran el encuentro desde sus espacios cargados de creativo sentimiento.
Un año despúes sigo de pie y entera, fuerte casi siempre, frágil a veces, consciente de la alegría pero sin negar lo inevitable de la tristeza o la nostalgia.
a esa hora en que todo se confunde con las sombras y sólo se oye el piar de los pájaros, que también casi se confunden, es como si la ciudad se detuviera y no quedara nada; como si los últimos rayos trataran de parecer más intensos para que nadie se olvide que una vez el sol estuvo antes de que la profunda oscuridad se apodere de todo.
A esa hora todo se suspende, el corazón, los sentidos...son instantes que parecen siglos mientras se busca la inmensa llave que le da cuerda al día para que retroceda, como si fuera posible, con la ilusión de retenerlo no porque fuera muy bueno, hubieron otros mejores, tampoco por despecho. No; sino sólo porque el permanente afán transgresor lo demanda para alcanzar a llegar a algún sitio más alto a contemplar el cielo lleno de arreboles...
en el verano las cosas parecen tener un color amarillo; seguramente es el sol el que le otorga a todo esa tonalidad amarillenta, pero no la de película vieja en la que los rojos tiran a rosa y los azules parecen haber sido víctimas de un chaparrón, sino la del cálido abrazo que el astro brilante le brinda al corazón y así como los movimientos corporales son más lentos, así también el pensamiento se vuelve pausado y hasta sereno, diría.
El frío ese que atraviesa el corazón cuando la desilusión se hace compañera, por ejemplo, con la llegada de las vacaciones de los otros que vacían la ciudad ahora calurosa, adormecida y también más cercana y en un contexto de ideas lentas, el aire helado se transforma en un cálido remanso para el alma.
Ese tono amarillo del verano permite sentir con mayor precisión como poco a poco se recupera el sentido y el control interior y otorga la posibilidad de ver lo que se vivió en perspectiva, con tranquilidad y con una fuerza visceral que al potenciarse permite recuperarse interiormente.
En el verano, así como las flores nuevas, algo parecido a la alegría parecen brotar de color amarillo y eso...parece que es bueno
hay días en que, como el de hoy, se instala el silencio.
No oigo las voces de los otros aunque muevan la boca o gesticulen; sigo mi camino sin saber de los ruidos callejeros por más que la ciudad luce saturada.
Hoy nada me llega, excepto el olor de alguna planta y a lo lejos la voz de una mujer que me traspasa; es el único sonido con sentido y con-sentido.
Porque hay días en que, como el de hoy, me basta el silencio.
desde su pequeña casita rodeada de botones rojos y bajo ese espinoso techo de barrotes mira el cielo. Recuerda cuando reconoció la risa que creía olvidada, el encuentro con la alegría y la ilusión perdida.
Su mundo no es muy grande y cuando sale debe sortear las púas del camino, las mismas que protegen su morada. Su mundo no dista más de un palmo del suelo y jamás, desde que llegó a él, lo ha pisado; es que no le hace falta, allí está todo y cuando el tiempo pasa y su casa se marchita y seca trepa un poco y a veces baja pero siempre encuentra un nuevo techo tejido para el abrigo. Y le gustan los botones rojos porque cuidan y adornan su entorno.
No; el pequeño cronopio casi nunca sale, nadie sabe cómo es pero se sabe que vive en ese minúsculo espacio redondo de techo espinoso desde donde recuerda un tiempo en el que reía...